Una de las anécdotas más queridas sobre el Cura Valera de Huércal-Overa se centra en su profunda conexión con la naturaleza y su ingenio para usarla como una herramienta de evangelización.
Se cuenta que don Salvador Valera, un hombre de gran fe y con un amor inmenso por su pueblo, paseaba a menudo por los alrededores de Huércal-Overa. En uno de sus paseos, se detuvo frente a una higuera vieja y retorcida, pero que, a pesar de su edad, seguía dando frutos. En ese momento, se le ocurrió una idea.
Al día siguiente, en la misa, el cura pidió a los fieles que lo acompañaran después de la ceremonia. Los llevó hasta la higuera y, señalando sus ramas nudosas y su tronco robusto, les habló sobre la vida y la fe.
“Mirad este árbol”, les dijo. “Parece seco, parece viejo, y sin embargo, sigue dándonos higos. Así es la vida. A veces nos sentimos cansados, a veces la fe parece debilitarse, pero si nos mantenemos conectados a la tierra, a nuestras raíces, a nuestra comunidad, y a Dios, siempre podremos dar frutos.”
El Cura Valera bautizó a la higuera como el “Árbol de la Vida” y, a partir de ese día, se convirtió en un punto de encuentro para sus feligreses. A menudo, el cura se sentaba bajo su sombra para hablar con los vecinos, dar consejo o simplemente escuchar sus preocupaciones. Aquel árbol, un simple ser de la naturaleza, se transformó en un símbolo de esperanza y de la conexión entre la fe y la vida cotidiana en Huércal-Overa, todo gracias a la visión y el corazón del Cura Valera.
